lunes, 8 de marzo de 2021

Relato sobre Ciencia Ficción y Filosofía

El asombro lo colmó, remitiéndolo a la misma sensación conmovedora que atravesó su cuerpo aquella vez que, a los 8 años, vio por primera vez la inmensidad del mar; o cuando leyó a los 12 años su primer libro de filosofía, que lo llevó a cultivar la virtud durante toda su existencia.

Su larguísima vida había sido marcada por numerosos avances de la ciencia, que obtuvo más hitos durante los últimos 300 años de los que había alcanzado en los anteriores 3 mil años; mientras que la tecnología había arrasado aún con mayores fuerzas; en solo 100 años llegó a colmar cada rincón de la vida, hasta el punto que el ser humano de la época se había transformado progresivamente en un autómata.

Frente a la incubadora, el pasmo inicial lo había abandonado –quizá mucho más rápido de lo que hubiese imaginado- dando pasa a una mezcla de ideas centradas en la belleza, el amor y la ética. Su tataranieta se había convertido en el primer humano con pupila e iris del mismo color; los padres habían elegido, por catalogo, el violeta.

A pesar del desacuerdo que sentía por todo aquello, en los que sostenía debía primar la responsabilidad en la manipulación genética, prefirió no emitir ningún comentario que pueda despertar cierto conflicto. Nadie de la familia parecía demasiado interesado, incluso la mayoría seguía enfrascado en sus celulares oculares mientras esperaban en los pasillos de la maternidad. Además, en su meditación, sumó otro argumento: el tema parecía agotado para la sociedad en la que vivía. Solo quedaba su reflexión, en ese momento, atravesado con firmeza por la virtud cultivada con los años. Esbozó una enorme sonrisa, y consideró que el pensamiento sobre la ética que sobrevoló insistente sobre toda aquella experiencia, hizo quizá cierta justicia.

Por: Martín Nicolás Palacio


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